domingo, 18 de mayo de 2014

La ropa o la vida

Creamos nuestra propia guerra
sin necesidad de trincheras;
así - decías - la muerte
sería más rápida
y mancharíamos menos
el campo de batalla.
Confiabas muy poco
en este soldado al raso
y sin galones.

Déjame explicarte
que la falta de medallas
no habla de ausencia
de batallas
si no de derrotas.
A veces,
aunque menos
de las que debería,
las apariencias arañan.

Qué bien le quedan esos rasguños
a tu vestido de heridas sintéticas...

Perdí la memoria hace tiempo
del número de ráfagas
que esquivé
con aspavientos funambulistas
sobre el filo
y de mis malabarismos
para tenerte siempre fija
en el punto de mira
y aprende:
sin apretar nunca el gatillo.

Me pasa últimamente
que confundo el color
de mi sangre
con el que se posaba
sobre tus labios
cuando te arreglabas
para disimular
que no había mujer más rota
que tú
en toda la ciudad.

Y este es el instante
en el que rompo a llover
sobre aquel bosque sin árboles
que hicimos nuestro,
cubriéndolo con metáforas
tan ridículas como esta
para ocultar que tan sólo
era un desierto.

A falta de oasis
pasó lo inevitable.
Contar que murieron dos civiles
imbéciles
a causa del fuego amigo,
vistiéndose el horizonte
de banderas a media asta
y nubes de tormenta inminente.

La guerra de los cien años
que en realidad fueron solo tres
y yo sentí pasar como milenios,
conoció su fin
porque mientras la vida
nos tendía una trampa
a ti lo único que te preocupaba
era que no secase antes
que tu ropa.
No fuese a ponerse más guapa
que tú y me devolviese las ganas
de disfrutar de nuevo de ella...

Recuerdo la última vez
que estuviste de visita
en mis retinas.
Una voz me gritaba:
- ¡Rápido, joder!
¡La ropa o la vida!

Desde entonces entiendo
por qué al estar desnudos
sentimos tanto frío
y que no es casualidad
que cuando eres incapaz
de dejar de tiritar
intentes pedir abrigo
y termines pronunciando amigo.

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