jueves, 10 de julio de 2014

Con los pies en el sueño

El vacío
se hizo escarcha
y en los ríos de mis venas
ya no había primavera.

Hubo quien creyó
que mi cabeza
estaba llena de quimeras
y yo no sabía cómo explicar
que el hielo
es eso que enfría
pero también quema.

Sentí que las palabras
huían de mis yemas
y bajé a los infiernos
en busca de llamas
con las que hacer
de mis inviernos
hogueras.

Me resbalé
en el zig-zag
de ciertas caderas
pensando que a falta
de versos
siempre me quedarían
escaleras
por las que trepar
y caer,
una y otra vez,
como si el principio
de nada
fuera el final
de todo
y tuviera que llenar
mis maletas de certezas
y horarios fijos,
como si mi vida
pudiese resumirse
encontrando la solución
a todos los acertijos.

Y fue entonces
cuando me llené
de ganas,
cuando desplegué
mis alas
y vi en el camino
por hacer
la mejor ocasión posible
para hacerme sentir
vivo.

Dejé atrás mis complejos
y luché por tener a mi lado
lo que todos los demás
me hicieron ver
demasiado lejos.
Me partí la cara por algo
a lo que los cobardes
llaman sueños
para demostrarles
que el Everest
es esa cima que se alcanza
sin oxígeno
y con un par de huevos.

Me olvidé los miedos
debajo de la cama
- justo al lado
de mis monstruos -
posando sobre ella
las metáforas
que acabarían haciendo
de la poesía
una simbiosis exacta
de perfección
y desperfectos;
la contradicción
que haría creer en Dios
a todos aquellos
que gritaron ser,
por encima de todas
las cosas,
ateos.

Cuento esto por no hablar
de los deseos:
esos duendes invisibles
que mueven mis dedos
para escribir
que las tormentas
son la tempestad
con la que la calma
sacude mis tormentos,
sin olvidar que,
desde el suelo,
es la mejor forma
que tenemos de tocar
el pedazo que nos corresponde
de cielo.

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