comencé a preguntarme
cómo huele viento a los ojos
de un ciego,
a qué saben las palabras en la boca
del mudo,
cuál será el sonido de la mar con los oídos
ensordecidos.
ensordecidos.
Me invadió un batallón de certezas
y clavó en mi esternón su bandera:
yo era aquel esperpéntico hombre
de los sentidos magullados.
No corrí porque las piernas
me tambaleaban como si estuviera suspendido
en el epicentro de un terremoto,
funambulista con vértigo crónico
pero incapaz de dejar de amar las alturas.
No salté porque la ventaja de tocar fondo
es que las caídas se vuelven imposibles
es que las caídas se vuelven imposibles
y los horizontes se vacían de precipicios,
dejando sin sentido al Finisterre
que tanto temían aquellos locos romanos.
dejando sin sentido al Finisterre
que tanto temían aquellos locos romanos.
Have
you ever seen the rain?
Llegaste y te quedaste incluso al marcharte.
Me convertiste en mí mismo otra vez
con las mismas manos con las que me quitabas
la camisa.
No eras mi mitad
si no mucho más:
eras tú y yo contigo.
Y sin tener ni puta idea de números
sabía a ciencia cierta que eras mi cociente
sin resto.
El resultado perfecto.
Tanta matemática desordenada en cuadernos
de poesía,
tantas horas muertas en mis brazos de reloj
de arena movediza…
de arena movediza…
Nunca antes un desastre salvó tantas vidas.
Ahora lárgate; no te vayas, vuelve.
No me beses, muerde.
Descóseme estos puntos de sutura.
Quiero volver a sangrar por ti.
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