Vengo de ayer y voy a mañana
en el amenazante movimiento
de un reloj de araña
sobre su tela de arena.
No pasan los días
y apenas alguno se queda;
resquebrajado, hecho jirones,
resistiéndose al destino
de ver caer la noche
y que tú no estés sobre la mesa.
El tiempo tropieza. Ya va a destiempo.
Ahora trazo el plano de tu cuerpo
de memoria
como si fuera yo el arquitecto
y no la bola de demolición.
Pero los segundos corren por no llorar,
ríen que vuelan.
Y todo da vueltas y vueltas y vueltas
y más y más vueltas
en una espiral de horas muertas.
A veces me quedo quieto
y disfrazo el miedo de costumbre
para dejar de temblar,
a veces me rompo
y me quedo dormido
como un faquir
sobre los pedazos
que cayeron boca arriba
sin saliva;
juego con su reflejo
y me alejo,
pienso en sentido contrario,
sueño en dirección prohibida.
Caos como forma de vida.
Y como fondo que no se toca,
se acaricia. Pensando que así
no será tan frío este invierno,
creyendo por un momento
que lo que veo es un mundo nuevo
donde sangrar y llorar
abre puertas y no heridas,
donde los payasos son reyes
y los reyes no existen.
Voy a mañana y vengo de ayer.
Así
una
y
otra
vez.
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