Escribo desde la profundidad
de esta herida repetida,
porque un soñador
no sueña los sueños.
Vive dentro de ellos.
Incluso cuando ya han sido rotos
antes
por otros.
He anidado un dolor aquí dentro durante
tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tanto, tiempo
que hace meses que me rasga la piel
que no se ve,
desgasta la fina capa que protege mis huesos
de toda esta carne de gallina
y cañón,
borra la cara oculta de mis lunares,
arranca de cuajo
la primavera de una infancia que perdí
por pretender cuidarla demasiado.
A cada paso que doy
me tiemblan más las piernas,
a cada golpe de voz
se quiebran mis palabras.
Y cómo explico ahora
que este fracaso lleva mi sombra,
que soy yo el que persigo,
que es él quien me nombra...
Estoy perdido dentro de mi propio poema,
un labertinto de vestigios me rodea.
Yo,
que dí la vuelta al mundo en ochenta despedidas,
aún me asusto cuando me veo sangrando
tinta de versos ajenos
aunque desde siempre
- y para nunca -
propios,
cuando siento tambores de guerra
bajo el pecho
y me pongo a hacer el indio;
a bailar alrededor del fuego,
a escupir señales de humo
por si alguien me encuentra,
por si vuelvo a perder el norte
y la cuenta.
Pero aunque a veces mate,
me mantiene vivo.
Porque este
y ningún otro
es mi camino:
cristales entre los dedos
con los que escribo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario