Reconozco haber sido
un cazamariposas
a tu lado
mientras recogías
el cuarto
de un quinto
sin ascensor
y te ponías tu disfraz
de cazafantasmas
para que mis sueños
no corriesen ningún peligro.
También alzamos
nuestra bandera
en los picos jamás escalados
dando cuenta al público
de que la obra
que observaban
era en realidad un salto
sin red
en el que dos frágiles funambulistas
se jugaban la vida
en una última función.
Pero resbalamos y perdimos
lo poco que nos quedaba
de crédito
y un par de sentidos.
No éramos ya más
que dos ángeles caídos.
Y con las expectativas
hicimos lo que aprendimos
de las promesas:
no cumplirlas.
Fui curando
mi insomnio
y dando de beber
a mis maldades
a medida
que cerraba
las heridas
y los bares.
Creía que había olvidado
toda aquella fugacidad
de cuando fuimos eternos
y aquellos tiempos
en que tu cara era un poema
al que se le caían los versos
y al que quise titular
Otoño.
Pero es que otra vez
el mundo vuelve
a estar a salvo.
Todo porque eres tú
quien está aquí,
la que ha llegado
y lo ha curado;
y se ha puesto
a nevar
para hacerme creer
que es posible
que en pleno octubre
estemos celebrando
Navidad.
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