viernes, 3 de abril de 2015

Inevitable accidente

Se hicieron tantos añicos
que cuando volvieron a verse
él era un retrovisor roto
y ella una luz intermitente.

Fueron un inevitable accidente.

Pero esa vez salieron ilesos, limpios de rasguños,
con la cima de sus clavículas nevada
una vez perdida ya en otra estación
la mirada.

No eran los mismos
porque no había cambiado nada.

Se dieron un tiempo
mientras robaban espacio al infierno
e hipotecaron un futuro
que sólo tenía cabida en su utopía
de andar por casa en pijama,
desayunando noches eternas para dos.
Esa enfermedad tan paliativa
que hace de perseguir lo imposible
el único método de cura
y la mejor forma posible
de perder, crónicamente, la vida.

Y claro que no funcionó.
Todo se estropeó y de la nada
aunque de las mariposas,
surgieron gusanos
que juraban devorarles las espinas 
a cambio de no volver a regar sus rosas;
poco a poco, mordiendo sin dientes, durante años.

Se vieron esclavos de las horas muertas
y reventaron todas las ventanas de la ciudad
para ventilar desde dentro sus cuerpos,

en una inútil y tardía maniobra para enseñarse
mutuamente
los adentros.


La agonía de un hombre y una mujer
ardiendo, dejando paso al humo sin señales,
vistiéndose de llama y ceniza
a tan sólo dos pasos del río
que iba a dar a la mar,
que era su latir…

Al fin, murieron como mueren las balas:

matando.



Únicamente por seguir vivos.

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