que cuando
volvieron a verse
él era un
retrovisor roto
y ella una
luz intermitente.
Fueron un inevitable accidente.
Pero
esa vez salieron ilesos, limpios de rasguños,
con la cima
de sus clavículas nevada
una vez
perdida ya en otra estación
la mirada.
la mirada.
No eran los
mismos
porque no
había cambiado nada.
Se dieron un
tiempo
mientras
robaban espacio al infierno
e
hipotecaron un futuro
que sólo
tenía cabida en su utopía
de andar por casa en pijama,
desayunando noches eternas para dos.
de andar por casa en pijama,
desayunando noches eternas para dos.
Esa
enfermedad tan paliativa
que hace de
perseguir lo imposible
el único
método de cura
y la mejor
forma posible
de perder,
crónicamente, la vida.
Y claro que no
funcionó.
Todo se
estropeó y de la nada
aunque de
las mariposas,
surgieron
gusanos
que juraban devorarles las espinas
a cambio de no volver a regar sus rosas;
a cambio de no volver a regar sus rosas;
poco a poco,
mordiendo sin dientes, durante años.
Se vieron
esclavos de las horas muertas
y reventaron
todas las ventanas de la ciudad
para
ventilar desde dentro sus cuerpos,
en una inútil y tardía maniobra para enseñarse
mutuamente
los adentros.
mutuamente
los adentros.
La agonía de
un hombre y una mujer
ardiendo, dejando paso al humo sin señales,
vistiéndose
de llama y ceniza
a tan sólo
dos pasos del río
que iba a
dar a la mar,
que era su
latir…
Al fin,
murieron como mueren las balas:
matando.
Únicamente por seguir vivos.
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