lunes, 11 de enero de 2016

Vivir de los cuentos

Creo.

Porque he leído a Panero
y ya no temo los manicomios,
porque he estado perdido
durante un siglo
entre las cuatro calles de Macondo
y he descubierto el valor
- y la valentía -
que tienen quienes nos hacen reír;
porque Miguel Hernández
me presentó a la poesía
al final de una clase de matemáticas
en el instituto

y me nacieron, de repente, tres heridas.

Las mismas con las que había llegado.
Aunque desde aquel momento, distintas.

Por la mañana
que se me escurrió el café
para caer sobre el Aleph
y mancharlo todo de luz,
por la tarde que me encontré
con la absenta, Montparnasse
y Baudelaire,
por la noche que mi madre
me confesó
que si me llamo Daniel
es por culpa
y gracias a el Mochuelo
de Delibes.

Porque después llegaron
Bennedeti y Neruda
para agarrarme por el pecho
desde dentro
y zarandearme hasta el mareo,
porque sólo Bécquer consiguió
espantar las golondrinas
que los cuervos ciegos de Poe
se habían encargado de críar;
porque vi que Marwan, Escandar y
Benjamín
no eran tan diferentes a mí.

     O será que al menos
los cuatro hablamos
sobre una misma
cicatriz.

Porque sí.
Porque hay que vivir de algo,
por algo hay que morir.
Y mi plan es hacer ambas cosas
de igual manera
y por igual motivo.

Porque siento la necesidad
de ser escritor
desde que Bukowski me miró
con sus ojos de tinta para advertirme:

"a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,

no lo intentes."

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