Se amontonan
los recuerdos
cuando
vuelvo a las calles
que nos
vieron tomarnos el pelo
y el ron
de los
últimos tres bares
a los que
hicimos mar.
Me visitan
tus demonios:
un vis a vis
sin mampara,
un cara a
cara en el que siempre sale cruz.
Dime qué
hago si de tanto perder
he perdido ya
hasta las
ganas de jugar.
Callar es
gritar por dentro.
Que no
puedas oírlo
no significa
que no esté latiendo
a bandazos,
que me haya
olvidado de las palabras
no quiere
decir que no te esté hablando
a través de todo este silencio.
Ahora que soy uno más
sólo me sale
restar
y hacerme
cero.
A la izquierda. De tu pecho.
A la izquierda. De tu pecho.
Tú que me culpas
de las huidas
me
conociste escapando
de otra
herida,
te negabas a
creerme
cuando te
recordaba
que
serías la siguiente
en
olvidarme.
No sé de qué
te extrañas,
no sé por
qué te sorprendes
de mi miedo
a que el olvido
se encargue
de nosotros.
Desconfías que sea el viento
quien está
moviendo las hojas
simplemente
porque no suena,
porque no se ve...
Tú, que creíste en mí
incluso antes de quererme.
porque no se ve...
Tú, que creíste en mí
incluso antes de quererme.
Si quieres
hacemos como que no ha pasado nada;
ni siquiera
nosotros, por supuesto ningún tren,
ni rastro de noches en vela.
ni rastro de noches en vela.
- Podemos engañarnos lo que dura un verano
pero el otoño siempre vuelve.
Si dejas a
un lado tanto ruido
lo sabrás:
todavía se escuchan megáfonos
en las
plazas
de nuestra
propia revolución.
Y las
banderas siguen siendo blancas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario