miércoles, 13 de enero de 2016

Y las banderas siguen siendo blancas


Se amontonan los recuerdos
cuando vuelvo a las calles
que nos vieron tomarnos el pelo
y el ron
de los últimos tres bares
a los que hicimos mar.

Me visitan tus demonios:
un vis a vis sin mampara,
un cara a cara en el que siempre sale cruz.
Dime qué hago si de tanto perder
he perdido ya
hasta las ganas de jugar.

Callar es gritar por dentro.
Que no puedas oírlo
no significa que no esté latiendo
a bandazos,
que me haya olvidado de las palabras
no quiere decir que no te esté hablando


a través de todo este silencio.


Ahora que soy uno más
sólo me sale restar
y hacerme cero.
A la izquierda. De tu pecho.

Tú que me culpas de las huidas
me conociste escapando
de otra herida,
te negabas a creerme
cuando te recordaba
que serías la siguiente
en olvidarme.

No sé de qué te extrañas,
no sé por qué te sorprendes
de mi miedo a que el olvido
se encargue de nosotros.

Desconfías que sea el viento
quien está moviendo las hojas
simplemente porque no suena,
porque no se ve...
Tú, que creíste en mí
incluso antes de quererme.

Si quieres hacemos como que no ha pasado nada;
ni siquiera nosotros, por supuesto ningún tren,
ni rastro de noches en vela.

                     - Podemos engañarnos lo que dura un verano
                     pero el otoño siempre vuelve.

Si dejas a un lado tanto ruido
lo sabrás:
todavía se escuchan megáfonos
en las plazas
de nuestra propia revolución.


Y las banderas siguen siendo blancas.

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