y una constelación en la espalda
mientras que yo me conformaba con despertarla
poniendo una de Los Piratas.
Me advertía que sabía
que llevaba el Cantábrico
encerrado en la mirada,
que ella podría controlar mis mareas
que ella podría controlar mis mareas
y que se había dado cuenta
de que vestía un nudo en la garganta
más como soga
que como bufanda.
Que no engañaba a nadie,
que quién me había enseñado a mentir
así de mal,
que las caretas
cuando se les ve la goma
nunca funcionan.
Clamaba libertad
con los dedos llenos de candados
y las llaves sobre la lengua,
a un trago de ser celda;
me buscaba las alas
como si alguna vez en el infierno
me hubiesen hecho falta:
de allí sólo se sale
cayendo
o
cavando.
Su sombra era para el sol
bordear lo imposible con los rayos,
la cuadratura del círculo,
el algoritmo prohibido,
nunca antes estuve tan cerca
de perder la inocencia del todo,
de descubrir
que incluso la magia
que incluso la magia
podía llegar a convertirse en rutina.
Y me asusté.
Preferí mantener el equilibrio sobre los márgenes,
ser una nota más a pie de página,
seguir doblando las esquinas de mis libros
de poemas
de poemas
para tenerla al lado en palabras de otros poetas
que no la conocieron
pero ya le escribían.
Más presumida que una ciudad, más orgullosa que un
país,
más mestiza que un contiente.
Menos planeta que luna.
Menos planeta que luna.
Qué iba a hacer el puto crío que soñó ser astronauta
temiendo las
alturas…
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