Saber que al final siempre llega el aeropuerto.
Pero la terminal
en la que das el último abrazo
jamás se olvida.
Un adiós a tiempo
sigue siendo una derrota,
no nos engañemos.
No existe el empate
en la ruptura
ni hay mayor enfermo
que quienes optaron por destruir
su única cura.
Me hiere lo que me resucita,
por eso me escudo detrás
del arma homicida.
Se me acabaron las palabras
para hablar de tus labios
y sé que si no es de tu mano
no es Madrid.
Un día fuiste excepción, condena,
amuleto y epitafio,
el título de mi plan A
era - tan sólo - el preludio de tu nombre.
Mi teoría de cuerdas consistía
en imaginarte a ti
desnuda
bailando sobre un violín,
desafiando la física.
Me salpicaste de sed.
Pero de entre todas las estrellas del firmamento
tuviste que ser la fugaz.
Ahora no puede ser lo mismo
porque nosotros no lo somos
y la distancia se ha resquebrajado,
se ha hecho abismo;
desde que no estás
nadie se preocupa ya
por todos los rotos
que esconden mis remiendos.
Sabíamos que no podíamos dejar pasar nuestro tren
así que nos pusimos delante y nos dejamos atropellar por él.
Ser cataclismo.
Aquello se nos daba demasiado bien.
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