Le entregué un corazón gripado
y un puñado de versos usados
y ella me devolvió arreglado
el motor,
los engranajes
engrasados con carmín
y un pestañeo que vale más
de mil poemas.
Guardo su abrazo como fianza
con la esperanza
de que me rompa todos los muebles.
Sueño con un salón para dos inquilinos
sin nombre ni apellidos,
vacíos de etiquetas, incalculables
en las apuestas,
encendiendo la luz
de esta habitación sin ventanas
pero con vistas al mar
y a la montaña,
viendo nevar sobre las cumbres
mientras guío barcos varados
hacia la playa.
Sólo ella se ha dado cuenta
de las garras recogidas del león,
de su apatía;
de una batalla perdida
contra los barrotes, los látigos
y las despedidas,
de haberse convertido
en el último juguete roto
de un cochambroso circo
de provincias.
Contrabando de miradas,
daños colaterales;
doblando nuestras rodillas
para sacarnos del fango,
reconociéndonos entre los quejidos
de un fado,
tropezando en el próximo tango.
Pero siempre con la música de nuestro lado.
Tan irónico como cierto
que cuando el viento sopla las velas
unas se apagan
y las otras nos sirven de impulso
hacia tierras nuevas...
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