Este poema terminaba
en un desliz y cerrar de ojos.
En un apagar de luces.
En un vuelo chárter con escala
en Buenos Aires, en Berlín y en tu boca.
En un suspiro - el tuyo - que llenaba
de viento mi pecho.
Es decir, lo inevitable:
tambores de guerra, indios al galope,
gritos a dos voces, un par de heridos leves
y una pipa de la paz.
Lo jodido es que por culpa
de esta estúpida manía mía
de empezar por el final,
solo nos quedó este poema
y una historia que pudo ser
pero que jamás tuvo lugar
niespacio.
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