martes, 3 de febrero de 2015

Caperucita loba

La última vez que nevó en el Sahara
fue por tu culpa.

A la una de la tarde recuerdo
que el sol no calentaba 
pero brillaba más fuerte que nunca.
Corría un viento de escarcha y bufanda
que violaba termómetros en Gran Vía
a sangre muy muy fría.
En Londres era apenas mediodía
y en Montmatre olía a acuarela;
los bohemios de California se despertaban
de la siesta, tus pestañas jugaban con mis ojos
a ver quién perdía primero la apuesta
de no dejar de mirarnos.

Doce paradas de metro y de tu mano.
Dejamos las maletas, preguntamos si
se podía fumar en la habitación
y cerramos la puerta.
Esta vez desde dentro.

Allí estábamos, más vivos que nunca.
Suturándonos el pecho
mientras nos abríamos en canal,
buscándonos lunares, suplicando por oxígeno
porque ahí arriba la gravedad
es mucho menos grave
que aquí abajo,
pero se descontrola la respiración.

También compartimos copas, desnudez, ropa,
petas, besos, risas, sábanas, saliva.
Ambos éramos lo mismo:
nosotros.

Por todo esto ahora sé que el cielo
está en un octavo piso
y que ríe y gime
como lo haces
Tú.

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