sábado, 7 de febrero de 2015

Locos necesarios

Se contaban con los dedos
de las manos
cada noche cinco historias
de desastre
y otras tantas de victorias.
Conectaban como sólo se enredan
una vez opuestos, 
los polos;
desprendían eternidad por los poros,
se querían atropellados de ganas y torpes,
como el primer verso.

Eran locos necesarios
como Dalí para llenar de color
el gris surrealismo en el que vivimos
constantemente
sin darnos cuenta,
como Lennon para imaginar
mundos nuevos,
como Mandela para creer
que algún día ganaremos los buenos,
como Bukowski para descubrir
las sombras que viven en los recovecos
de los huecos que dejan las luces 
que nunca, nunca, nunca
deberían apagarse por sí solas
pero que siempre, siempre, siempre
terminan haciéndolo.

Fueron Albel y Caín
encima de un ring,
aguantando en pie
sobre todas las lonas
que les querían besar
pero creyéndose
contrincantes el uno
del otro,
lanzándose golpes certeros
al mentón
cuando veían que los brazos
les flaqueaban
por inanición de besos correspondidos.

Anidaron cenizas de fénix
a los pies de la cama
para así resurgir
cuando les fallaran las alas.
Se creían invencibles, intocables,
imbéciles orgullosos.
Guardaban mutuamente sus lágrimas
en pequeños frascos de cristal
que con el paso de los meses
se convertían en perfumes
que si llegaran a comercializarse
todas las casas pasarían a ser hogares.

Pudieron romper la banca,
pero no eran esas sus ansias.
Ellos preferían esconderse
en la mesa más apartada del bar,
pasar desapercibidos en la última fila
del cine que hay en el barrio
y buscarse las cosquillas furtivas
sentados entre Nocturnidad y Alevosía.

El yin y la yan.
El invierno y la verano.
El noche y la día. 
El maldito naufragio y la bendita salvavidas.

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