viernes, 12 de julio de 2013

Rehab

Pequeño, pero tenemos
un porcentaje
de nuestra vida
bajo control;
no podemos
hacerla anárquica
o vendrán otros
a convertirla en dictadura.

Y digamos que yo
perdí el norte
cuando encontré su sur,
aunque ella cumpliese
desde aquel mismo instante
la ley no escrita que dice
que dejar huella
no es lo mismo que pisar.

Esa noche
y todas las siguientes
quise susurrarle:
nunca había visto
un roto tan descosido
como tú,
pero me limité
a bordar viejos versos
sobre los lunares
de su nuca,
como intentando arreglar
de alguna manera
aquel desastre.

Imaginé cómo sería
ver todos los amaneceres
de aquel verano
con ella;
o mejor, en ella.
Y qué bien le quedaban
las líneas de las persianas
sobre su espalda, joder.

No podía apostarla
en una partida
con las cartas marcadas,
así que invertí
el rojo en sus labios
y el negro
en la esquina de un bar
de Madrid.

Eso sí,
no todo fueron estrellas,
también nos estrellamos.
Supongo que hay momentos
ansiosos por convertirse
en recuerdos
para así poder emborracharse
hasta olvidarse de sí mismos.
Y a esas copas, tranquila,
que siempre invito yo.

Llegará un día
en el que suba a una
azotea de Gran Vía
a ponerle su nombre
a las nubes
y, una vez allí,
quizá piense
en el roce de la brisa
en los puertos,
quizá en una mujer
que nunca fue mía
o en mi manera
de enseñarle al mundo
los hoyuelos
de una sonrisa entre paréntesis.

Lo que sí tengo claro
es que agotaré
el depósito de nostalgia
en no olvidar nunca
la madrugada en la que dijo:
no sé si serás
principio y final,
pero para mí
ya has sido un principio.
Como empezar de cero
y olvidarse de contar.

Lo que entonces no dijo
fue que lo jodido de compartir
una vida
es cuando todo se rompe
y no recuerdas
cual de las dos partes
era la tuya.

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