En días (nublados) como hoy, dedicaría las 24 horas disponibles a hablar de todo ello: lunas, mares y cicatrices. A escuchar cómo se rasga la poesía en las cuerdas de una guitarra acústica, a suturar con humo cada poro de mi piel, a (re)contar las estrellas que se fugaron del techo de mi habitación. Y es que, en días (nublados) como hoy, ha habido lágrimas que calaron tan hondo como cien abismos y, creedme, no había manera de saltar tantos charcos sin salpicar la memoria de recuerdos. Aunque nada es para siempre...
Sinceramente, me gustaría creer en la eternidad de los cometas, por aquello de la estela que dibujan en el cielo y todo ese rollo cósmico que tanto me atrae y, a la vez, tanto me encoge. Mirar al universo desde abajo siempre me ha hecho sentir demasiado pequeño; como un planeta visto desde otro planeta, como esas hormigas a las que una lupa hace arder por el puto capricho del Sol, que intenta mirar a través de su cristal porque está tan lejos del suelo que nunca ha conseguido ver a una de ellas enamorarse de una cigarra.
Creo que reduciré todas estas dósis de melancolía y ensoñaciones galácticas, aunque sólo sea por pura supervivencia emocional o como cojones queráis llamarlo. Aunque ni siquiera estoy seguro de si puedo o debo hacerlo. Porque, ¿si uno recoge lo que siembra, brotarán aún más dudas de las que enterré en mi jardín y que la lluvia de abril regó sin avisar? En fin, yo que sé.
No hay comentarios:
Publicar un comentario