Ahora el mundo va de desprenderse de los sentimientos como quien destruye páginas llenas de versos equivocados. Desaparecen poco a poco las baladas de rock y en las radios sólo se escuchan sonidos electrónicos que pretenden agitar las faldas y no los corazones. Los gobiernos nos aprietan el cinturón contra el cuello mientras nos cambian la Cultura por impuestos y se juegan nuestra Sanidad en un casino fantasma cerca de Alcorcón. Las empresas anuncian móviles sumergibles que conseguirán robarle incluso la libertad y el silencio al mar, al mismo tiempo que te venden que la mejor solución para arreglar tu matrimonio es la infidelidad. Nos han hecho creer que esta es nuestra felicidad y nosotros nos hemos negado a pensar. Y creo que es momento de gritar.
Gritar que la vida es un camino personal y que no pueden guiarnos a todos por una única ruta mundial.
Gritar que las cosas más importantes no tienen un precio establecido; que el amor y la amistad no entienden de la ley de oferta y demanda, que no hay que ahorrar en lágrimas ni meterlas en la sucursal más cercana a plazo fijo por si el futuro es aún más gris y nos vemos obligados a llorar por encima de nuestras posibilidades.
Gritar que el pueblo es el capitán que debe de dirigir un país a buen puerto, que ya estamos hartos de piratas con corbata y 'Robin Hoods' confundidos que roban el dinero a los pobres para pagar los caprichos de los ricos.
Gritar que las guerras sólo las pactaremos en hoteles sin estrellas pero con luna, que las sonrisas no pueden cobrarse a fin de mes en las facturas, que el virus de egoismo crónico que nos están inyectando tiene en nuestra capacidad de soñar su mejor vacuna.
Porque aunque lo quieran creer, no estamos quietos, el planeta está empezando a girar silencioso en dirección opuesta a las agujas del complot y no van a poder pararnos. Imagino que Galileo diría algo así como: Y sin embargo, nos movemos.
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