Esquivé jaulas calibre 47, encerré noches en balas para pájaros exóticos y disparé silencios sordos contra un mar al que se le caían las olas al llegar el otoño. Fueron años difíciles para soñadores como yo.
Creí que nunca llegaría a despertar de aquel insomnio profundo que hacía sangrar mis ojos en poesía, creí que mi futuro no sería más que un reflejo borroso de los charcos de mi pasado anticipado.
Mentiría si negase que su cuerpo era una cárcel en la que cumplir cadena perpetua parecía la mejor de las condenas. En cambio, sería sincero reconociendo que los barrotes de la celda estaban forjados con el mismo frágil y efímero material con el que se daba forma a mis sonrisas. Es decir, con felicidad.
La debilidad de mi felicidad sólo era comparable a la de una pompa de jabón, incapaz de no explotar en el vacío al mínimo contacto con la realidad.
Al final, cuando menos lo esperaba, escapé de allí. ¿O sería más correcto decir que rebajaron mis años de condena por mala conducta? Quizá sí, no lo sé.
Lo único que tengo claro es que el tiempo a destiempo huye, y quiero que sepáis que no volverá jamás.
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