La radio ardió y escupió una canción no apta para corazones infartados (creo recordar que entre poetas lo conocen como "Cáncer sentimental", no sé). No habían sonado las tres primeras notas cuando me llegó su primera palabra. Fue escrita, sí; pero yo escuché un fuerte disparo, como esos que marcan la salida de una carrera de galgos. El mundo empezó a coger más y más velocidad, a girar de nuevo tras meses inmóvil.
Si mi desgastada memoria no me falla, esa noche no había estrellas; o sólo brillaba ella, o yo que sé. Pero recuerdo que, por un momento, temblé. Debió ser un escalofrío involuntario producido por el roce de las llemas de sus dedos empujando mi cadera hacia arriba, sacándome del fondo del mar de mis heridas.
No me atreví a cerrar los ojos, ningún sueño está a la altura de esta realidad, pensé. Y por primera vez en demasiado tiempo, no me equivoqué. Las historias que comienzan con una sonrisa son hermanas de la eternidad, volví a pensar.
Los días se consumieron entre apuntes sobre Neruda y Joyce, ya teníamos los primeros tiestos de nuestro jardín de promesas. Malasaña parecía el mejor callejón en el que gastar una de nuestras ¿siete? vidas, los "Passenger" nos componían una banda sonora a medida y el cielo estaba nublado.
Harto de lunas, le prometí una nube. Nada es romántico más allá de París y la luna. O eso nos hacen creer.
¿Una nube? No imagino mejor forma de volar.
¿Cómo? Soñando mucho y muy fuerte.
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